¿Ciudad Inclusiva?

¿Qué se busca con una Ciudad Inclusiva?

Debemos, en primer lugar, aclarar a qué nos referimos en este contexto cuando hablamos de ciudad. Entendemos ciudad como el espacio colectivo, como lugar adecuado para el desarrollo político, económico, social y cultural de la población. Es decir, la ciudad entendida no sólo como urbs, sino también como civitas y como polis, si seguimos el análisis etimológico de Jordi Borja. Nos referimos pues, en términos administrativos, indistintamente a espacios urbanos o rurales, por lo que el término ciudad será un concepto que podrá ser aplicado a cualquier pueblo, municipio o urbe.

En tal sentido es mucho más que el espacio o territorio urbano donde se ubica una cierta aglomeración de personas y que se articula respecto a cierto servicios públicos.

Al referir el término ciudad estamos hablando, entonces, de ese espacio físico, como puntualiza Jorge Cela, que se reviste de significados convirtiéndose en espacio cultural, el cual se fundamenta en las relaciones humanas (productivas, políticas, efectivas, creativas) que se expresan simbólicamente en términos espaciales. Edmundo Morel, también define la ciudad como la cristalización espacial de la estructura de relaciones sociales de dominación y organización (Morel, 1996).

Las definiciones antes descritas nos muestran la ciudad como un espacio físico (como el suelo o la vivienda), pero dinámico. Lugar donde se da una trama de relaciones que muestran los mejores aciertos del ser humano, pero también en donde se sufre las mayores injusticas y las peores exclusiones.

Para nosotros-as, una ciudad será inclusiva cuando al ser humano que allí pernota se le reconoce el Derecho a la Ciudad.

 ¿Qué significa ese “Derecho a la Ciudad”?

El derecho a la ciudad no es el simplemente el derecho a lo que ya existe (no se trata de querer acceder al estado de cosa actual, o sea a lo que los especuladores de la propiedad y los funcionarios estatales han decidido fragmentariamente) sino el derecho activo a hacer una ciudad diferente, a adecuarla un poco más a nuestros anhelos y a rehacernos también nosotros de acuerdo a una imagen diferente.

La creación de nuevos espacios urbanos comunes, de una esfera pública con participación democrática activa, requiere remontar la enorme ola de privatización que ha sido el mantra de un neoliberalismo destructivo.

Debemos imaginarnos una ciudad más inclusiva, aunque siempre conflictiva, basada no sólo en una diferente jerarquización de los derechos, sino también en diferentes prácticas políticas y económicas. Si nuestro mundo urbano ha sido imaginado y luego hecho, puede ser re-imaginado y re-hecho. El inalienable derecho a la ciudad es algo por lo que vale la pena luchar. “El aire de la ciudad nos hace libres”, solía decirse. Pues bien: hoy el aire está un poco contaminado; pero puede limpiarse. (David Harvey)