Abajo del puente, en el río, vive un mundo de gente con pavor al destierro.

La incertidumbre atormenta a los moradores de la orilla del río Ozama,en la parte este del puente Francisco del Rosario Sánchez (Puente de la 17), desde que se enteraron, a través de los medios de comunicación, que serían desalojados para dar paso a la extensión de la segunda línea del Metro de Santo Domingo.

La visita de una comitiva de encuestadores de la Oficina Presidencial para el Reordenamiento del Transporte (OPRET) reforzó la preocupación ya generada por el anuncio. Los residentes temen que las expulsiones les dejen sin techo.

El censo, encabezado por el ingeniero Leonel Carrasco, abarcó unas 56 casas del barrio “Los Caballos”, denominado también “El Basurero”.

Mirla Altagracia López, dirigente comunitaria, cuenta que los técnicos hicieron algunas preguntas a los inquilinos y sacaron copias de sus cédulas, sin explicarles el motivo del operativo y mucho menos, dónde serían reubicados en caso de desalojo.

Gente que, en un fenómeno natural inconcebible, le llueve constantemente basura, ¡sacos de basura!, y hasta cuerpos que, derrotados por los antagonismos y las injusticias terrenales, buscan cielos prometidos.

Como muchos otros residentes entrevistados por 7dias.com.do, Doña Mirla atestiguó que las condiciones en las que allí se vive son muy precarias, pero las prefieren, sin duda alguna, a la indigencia. Además, se sienten seguros por la baja actividad delincuencial y los lazos afectivos que se han creado en el vecindario.

“Estamos a la orilla del río pero nosotros nos sentimos bien, porque cuando la masa pobre no tiene dónde vivir tiene que ubicarse donde pueda”, afirmó.

A pocos metros, a Argentina Polanco, residente del Respaldo Rivera del Ozama, se le quebranta la voz al decir que no quiere que la despojen de su casa, “vivo aquí desde el 95, tengo mi paleterita aquí en la casa y con eso vivo bien, tengo con qué comer”.

Su vecino, Francisco Caro, chofer de carro público, sólo espera que no los “boten” sin asegurarles un espacio, pues ha sido testigo de cómo “a veces desalojan a la gente y le dan dos pesos, pero con eso tú no puedes construir en ningún sitio ni hacer nada”.

Mientras que Carlos Morillo, poblador también de la ribera, aclaró que no se oponen al desalojo “porque es una obra necesaria”, pero exigen que se les explique cuál es su situación: “necesitamos saber qué van a hacer con nosotros, dónde nos van a llevar, no nos han dicho nada”.

Morillo, quien es propietario de un pequeño colmado a unas cuatro casas de distancia del río, conoce sus derechos y a ellos acude cuando asevera que merecen un “desalojo justo”. “Hasta que no se nos diga a dónde nos van a llevar, nosotros no vamos a aceptar desalojo, porque somos humanos y queremos que a nosotros se nos respete la dignidad como lo ordenó el señor presidente”, advirtió.

Y es que, “debajo del puente, en el río, hay un mundo de gente” trabajadora, afable, con sueños marchitos y aspiraciones sencillas, con tremendo valor por la familia y la solidaridad comunitaria. Gente que tiene pavor a ser desarraigado del techo que les cobija, que es uno de los pocos derechos fundamentales que tienen garantizados.

“Debajo del puente, en el río”, hay un mundo de niños y niñas que corren y ríen y van a la escuela. Como Luisa María Pérez, de 12 años, que teme perder a sus “amiguitos”, y que la alejen de su escuela, vecinos y familiares.

Gente que cada temporada de lluvias, anda con sus “trapitos al hombro” para huir oportunamente de la crecida del río. Gente que, en un fenómeno natural inconcebible, le llueve constantemente basura, ¡sacos de basura!, y hasta cuerpos que, derrotados por los antagonismos y las injusticias terrenales, buscan cielos prometidos.

Caro, el chofer, lo dice claro “yo no deseo vivir aquí, nadie quiere, pero yo tengo a mis hijos, y yo nada más quiero que vivan tranquilos, en paz”.

  • Por: Natalia Mármol
  • Publicado Originalmente en: 7dias.com.do

Deja un comentario